top of page

07.

LA OPINIÓN DE LA INDUSTRIA DE MEDIOS

1_col-1.png

Hay una escena muy cotidiana —y probablemente bastante transversal— que ayuda a entender buena parte de los cambios que vive hoy el consumo de noticias. Una persona toma el teléfono del velador apenas despierta, revisa X, Instagram o TikTok durante algunos minutos y, antes incluso de levantarse de la cama, ya sabe que subió la bencina, que hubo un asesinato en alguna ciudad del país, que el presidente, un ministro o un parlamentario hizo una declaración polémica o que estalló un nuevo conflicto internacional. No salió a buscar esas noticias. No abrió deliberadamente un medio de comunicación. Simplemente se las encontró mientras hacía otra cosa.
El nuevo Informe Nacional sobre Consumo de Noticias y Evaluación del Periodismo en Chile confirma precisamente eso: las personas siguen consumiendo noticias masivamente, pero una parte importante de ese consumo ya no ocurre de manera activa ni deliberada, sino de forma incidental, a través de redes sociales, conversaciones cotidianas, videos cortos traídos por algoritmos o contenidos que otros comparten y comentan. Y aunque ese cambio puede parecer solamente tecnológico, en realidad modifica algo mucho más profundo: la relación emocional, cultural y hasta mental que tenemos con la información.
Porque durante décadas informarse implicaba detenerse. Había un momento relativamente claro para hacerlo. El diario en la mañana, el noticiero televisivo de la noche, la radio mientras se preparaba el desayuno, al almuerzo o durante el traslado al trabajo.
Había una cierta disposición a entrar en contacto con las noticias y, junto con eso, una lógica más ordenada de jerarquía y contexto. Hoy, en cambio, las noticias aparecen mezcladas con videos de humor, tutoriales de moda, belleza o recetas de cocina, peleas políticas, promociones comerciales, memes y recomendaciones de viajes, en una secuencia infinita donde todo parece tener exactamente la misma importancia y la misma duración. Probablemente por eso convivimos con una paradoja tan fuerte: nunca habíamos tenido un acceso tan amplio e inmediato a las noticias y, sin embargo, nunca había sido tan frecuente escuchar a personas decir que están agotadas de informarse o que prefieren evitar ciertas coberturas porque les generan angustia, saturación o cansancio. El problema ya no parece ser la falta de acceso a la información.
Por el contrario: sobra información, sobran estímulos y falta espacio para procesar lo que realmente importa. Y en medio de todo eso, el periodismo enfrenta un problema difícil, porque la competencia ya no es solo entre medios de comunicación ni con personas que hacen más o menos lo mismo con una preparación similar y en condiciones parecidas. Compite con todo lo que ocurre en una pantalla: con el entretenimiento, con el cansancio, con videos pensados para durar quince segundos y con algoritmos diseñados para que las personas sigan avanzando rápidamente hacia otra cosa.

​Eso obliga también a revisar algunas simplificaciones muy instaladas respecto de las audiencias más jóvenes. El informe muestra que las personas entre 18 y 29 años consumen menos noticias que los grupos mayores, pero sería un error concluir que viven desconectadas de la actualidad o indiferentes frente a lo que ocurre. Más bien se informan de otra manera, en plataformas distintas y bajo códigos completamente diferentes a los que marcaron el consumo informativo de generaciones anteriores.
La actualidad aparece integrada a su vida digital cotidiana, mezclada con múltiples otros contenidos, y eso cambia tanto la forma de acceder a las noticias como la manera en que se les presta atención.

"Nunca habíamos tenido un acceso tan amplio e inmediato a las noticias y, sin embargo,
nunca había sido tan frecuente escuchar a personas decir que están agotadas de informarse o que
prefieren evitar ciertas coberturas porque les generan angustia, saturación o cansancio. El
problema ya no parece ser la falta de acceso a la información. Por el contrario: sobra
información, sobran estímulos y falta espacio para procesar lo que realmente importa.
"

 

Durante años la discusión estuvo muy centrada en cómo llevar las noticias a redes sociales, casi como  si el problema fuera simplemente de distribución o de formato. Pero probablemente la pregunta de fondo hoy es otra: cómo hacer periodismo que consiga que alguien se detenga un momento en medio de plataformas construidas precisamente para que nadie permanezca demasiado tiempo mirando una misma cosa.
Y pese a todo, hay algo interesante —y tal vez esperanzador— en los resultados de este estudio. Aunque las audiencias siguen evaluando críticamente al ecosistema informativo y mantienen niveles bajos de confianza en los medios, continúan considerando al periodismo como un elemento importante para la democracia. Además, la confianza suele concentrarse más en periodistas concretos que en estructuras mediáticas abstractas, lo que probablemente revela una búsqueda de voces reconocibles, creíbles y consistentes en medio de un entorno cada vez más ruidoso y fragmentado.
Pese a todo eso, la radio —y particularmente medioscomo Cooperativa, Biobío o ADN, que el propio informe ubica entre las marcas más creíbles del país— sigue ocupando un lugar bien particular. No solamente porque mantiene altos niveles de confianza en medio de un ecosistema bastante deteriorado, sino porque todavía conserva algo que muchas plataformas han ido perdiendo: tiempo para explicar. La radio acompaña mientras alguien maneja, trabaja, cocina o viaja en micro, pero al mismo tiempo puede ordenar el día, conectar hechos dispersos, entregar contexto y desarrollar conversaciones que simplemente no caben en un video de treinta segundos ni en un titular aislado.
En tiempos de inteligencia artificial, desinformación y sobreabundancia de contenidos, quizás el valor más importante del periodismo vuelva justamente a lo más antiguo del oficio: verificar, contextualizar y ayudar a entender. Porque al final el problema de esta época no parece ser que falten noticias.
Es que cada vez cuesta más distinguir cuáles realmente merecen nuestra atención.

VERÓNICA FRANCO

EDITORA Y CONDUCTORA DE EL DIARIO DE COOPERATIVA
PREMIO LENK A FR ANULIĆ 2025

La libertad de prensa no se pierde de un día para otro, se erosiona y se debilita cuando la ciudadanía deja de confiar en los medios, cuando la información profesional se confunde con cualquier contenido, cuando datos verificados pesan lo mismo que una opinión viral y cuando la desinformación encuentra terreno fértil en el cansancio y la polarización.
El Informe 2026 sobre Consumo de Noticias y Evaluación del Periodismo en Chile, liderado por la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso en colaboración con Feedback, entrega una fotografía incómoda del momento que vive el ecosistema informativo chileno.
La buena noticia es que Chile sigue siendo un país que se informa: un 76,2% de las personas encuestadas declara consumir noticias frecuentemente y un 52,3% dice hacerlo todos los días. La mala noticia es que ese consumo ocurre en un ambiente más fragmentado, desconfiado y mediado por plataformas donde no siempre existe edición, responsabilidad ni trazabilidad de las fuentes. Ese dato debe leerse con atención. Que las personas sigan consumiendo noticias no significa que lo hagan necesariamente a través de medios profesionales, ni que distingan siempre entre información periodística, opinión, propaganda, contenido emocional o publicaciones de actores interesados. El problema no es solo cuánto se informa la ciudadanía, sino cómo, dónde y bajo qué condiciones accede a la información.

"Cuando la información llega de manera incidental, muchas veces el medio pierde

centralidad frente a la plataforma, el titular se impone sobre el contexto y la emoción pesa
más que la explicación. En ese escenario, la confianza ya no se construye únicamente
desde la marca periodística, sino también desde la capacidad de los medios para ser
reconocibles, transparentes y relevantes dentro de flujos informativos cada vez más
veloces y dispersos.
"

 

En ese sentido, los hábitos informativos actuales muestran un cambio profundo. El consumo de noticias ya no depende únicamente de una decisión activa de buscar información, abrir un diario, entrar a un sitio web o sintonizar un noticiario. Cada vez más, las noticias forman parte de una circulación cotidiana en redes sociales, plataformas digitales y aplicaciones de mensajería, donde aparecen mezcladas con otros contenidos y muchas veces descontextualizadas.
En otras palabras, informarse ya no significa necesariamente buscar noticias. El informe muestra que, en promedio un 52,7% corresponde a consumo pasivo o incidental. Es decir, más de la mitad de la información que reciben las personas llega sin que ellas la busquen, sino que “aparece” en redes sociales por la simple exposición cotidiana a pantallas y a los algoritmos.​

Este cambio es decisivo porque modifica la relación entre las audiencias y el periodismo. Cuando la información llega de manera incidental, muchas veces el medio pierde centralidad frente a la plataforma, el titular se impone sobre el contexto y la emoción pesa más que la explicación. En ese escenario, la confianza ya no se construye únicamente desde la marca periodística, sino también desde la capacidad de los medios para ser reconocibles, transparentes y relevantes dentro de flujos informativos cada vez más veloces y dispersos.
Ya no basta con producir buen periodismo, se compite por la atención y confianza en un flujo informativo donde la noticia convive con propaganda, entretención, rabia, humor, opinión, activismo y desinformación.

 

"La libertad de prensa se defiende ejerciéndola con responsabilidad. No basta con reclamar su
importancia, se cuida desde dentro, elevando los estándares, explicando cómo se trabaja
y vinculándose con la ciudadanía que sigue necesitando información, pero que exige más
claridad, más honestidad y más confianza
."

 

Para un medio de comunicación, esto debe ser leído como una obligación de adaptación, sin renunciar al rigor. Significa llevar el periodismo profesional a los lugares donde las personas efectivamente se están informando, sin perder verificación, edición ni responsabilidad pública.
También implica asumir que los hábitos informativos de la ciudadanía son desiguales. No todas las personas acceden a las noticias de la misma manera, con la misma frecuencia ni con las mismas herramientas para evaluar la calidad de lo que consumen. La fragmentación del consumo puede profundizar brechas informativas entre quienes buscan activamente noticias, contrastan fuentes y reconocen medios confiables, y quienes reciben información de manera
más pasiva, mediada por algoritmos, contactos personales o contenidos virales.
El informe también muestra una tensión. Las fuentes no periodísticas —políticos, influencers y creadores de contenidos— tienen una presencia relevante y transversal en los hábitos informativos. Este es uno de los datos más importantes del estudio, porque los influencers no están sometidos a los mismos estándares que un medio profesional.
Un medio debe corregir, contrastar, atribuir, responder, contextualizar. Un influencer puede instalar una versión sin hacerse cargo de sus efectos. Los medios están tremendamente desafiados al convivir en este nuevo escenario y ahí radica la importancia de sostener a los medios de comunicación, a pesar de todas las amenazas que existen, tanto respecto del modelo comercial, como en ciertas iniciativas que generan inestabilidad.
Así, el rol de los medios es hacer mejor periodismo, con fuentes claras, con datos verificables e independencia editorial y capacidad de interpelar al poder. La libertad de prensa se defiende ejerciéndola con responsabilidad. No basta con reclamar su importancia, se cuida desde dentro, elevando los estándares, explicando cómo se trabaja y vinculándose con la ciudadanía que sigue necesitando información, pero que exige más claridad, más honestidad
y más confianza.
Porque sin información de calidad no hay conversación pública sana. Sin medios profesionales no hay fiscalización al poder y sin confianza en el periodismo, la democracia queda a merced del ruido.

PAMELA CASTRO

DIRECTORA, THE CLINIC

1_col-2.png
2_col-3.png

Agradezco a Feedback y a la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso la invitación a comentar
la tercera edición del Estudio Nacional sobre Consumo de Noticias y Evaluación del Periodismo en Chile. Pocas iniciativas resultan tan necesarias para nuestra industria como aquellas que, sistemáticamente y con rigor metodológico, nos permiten comprender a quienes están al otro lado del titular.
En el debate público chileno conversamos largamente sobre el periodismo, sobre los periodistas,
sobre los medios y sobre los actores políticos y económicos que son objeto de su escrutinio. Sin embargo, escuchamos con mucha menos frecuencia a las audiencias, a esos casi diez mil ciudadanos que en esta edición —repartidos en todas las regiones del país— se tomaron veinte minutos para decirnos qué piensan de nuestro oficio.
Esa es, a mi juicio, la primera virtud del estudio que lidera la académica e investigadora Claudia Mellado junto a Alexis Cruz. Devuelve a las audiencias su condición de sujeto, no de mero objeto de medición, y le entrega al ecosistema informativo —medios, academia y sociedad civil— un espejo cuya nitidez resulta cada vez más difícil de obtener por otras vías. Tres años consecutivos de mediciones permiten, además, observar tendencias, identificando lo que evoluciona, lo que se consolida y lo que recién empieza a aparecer en el horizonte.
Un segundo aporte significativo del informe es la decisión metodológica de distinguir, en el análisis de la credibilidad, entre los medios de comunicación y los periodistas que trabajan en ellos. Esta distinción importa. Los datos muestran que un 51,9% de las personas declara confiar más en el periodista individual que en los medios nacionales, ubicando a quienes ejercen el oficio incluso por sobre los medios regionales y los medios ciudadanos. Lejos de leerse como una mala noticia para las marcas informativas,  este hallazgo recuerda que el periodismo se ejerce por personas con nombre, apellido y trayectoria, y la confianza pública sigue depositándose, en buena medida, en esa relación humana. Cualquier estrategia de reconstrucción de credibilidad en la industria debiera tomar en serio esa diferencia y proteger, antes que diluir, la identidad profesional de quienes firman, reportean y editan.

 

"[...] el periodismo se ejerce por personas con nombre, apellido y trayectoria, y la confianza
pública sigue depositándose, en buena medida, en esa relación humana. Cualquier estrategia
de reconstrucción de credibilidad en la industria debiera tomar en serio esa diferencia y proteger,
antes que diluir, la identidad profesional de quienes firman, reportean y editan
"

 

El estudio confirma, además, el escenario de la desinformación —y los desórdenes informativos en general— que marcan la actualidad. Un 54,8% de las audiencias considera que es muy común encontrar información falsa en el ecosistema informativo chileno, y son las redes sociales —no la prensa profesional— el espacio donde más probable les parece toparse con ellas. En ese contexto, el rol del periodista como curador de información deja de ser una aspiración corporativa para convertirse en una función crítica de servicio público. Verificar, contextualizar, jerarquizar y editar son tareas que no realiza ningún algoritmo ni ningún creador de contenido. Son precisamente las habilidades que las audiencias parecen reclamar las que, pese a sus críticas, siguen otorgándole al periodismo profesional un lugar superior al de las fuentes no periodísticas en términos de credibilidad.

 

"[...] el rol del periodista como curador de información deja de ser una aspiración corporativa

para convertirse en una función crítica de servicio público. Verificar, contextualizar,  jerarquizar

y editar son tareas que no realiza ningún algoritmo ni ningún creador de  contenido.

Son precisamente las habilidades que las audiencias parecen reclamar las que,

pese a sus críticas, siguen otorgándole al periodismo profesional un lugar superior al de las

fuentes no periodísticas en términos de credibilidad"

Un capítulo aparte merece la incorporación de la inteligencia artificial. En las salas de redacción de nuestros medios asociados, el uso de IA es un debate constante. Surge siempre la duda de cómo integrarla sin perder identidad, cómo aprovecharla para servir mejor al lector, pero sin abdicar de la responsabilidad editorial. Y los datos del informe son particularmente esclarecedores en este punto.
El mensaje es nítido: las audiencias no castigan la innovación tecnológica, pero sí reclaman la supervisión editorial humana. La autoría, la decisión sobre qué publicar y la responsabilidad por lo publicado, deben permanecer en manos de profesionales. Esa es, a su vez, la línea que los propios medios de comunicación hemos venido sosteniendo.
Finalmente, el informe describe con precisión el desafío de fondo. Una parte mayoritaria del consumo informativo —cerca del 53%— es pasivo o incidental, y las redes sociales se consolidan como la principal vía de acceso a las noticias, seguidas por los sitios web y los noticieros de televisión. Convivimos así con un ecosistema donde políticos, influencers y creadores de contenido compiten por la atención informativa con marcas periodísticas tradicionales.
El periodismo, en su mejor versión, es exactamente lo contrario al consumo gobernado por algoritmos. Predica una decisión editorial profesional, curada, jerarquizada y firmada por personas que responden por su trabajo. Defender ese espacio frente a la inercia algorítmica es la condición misma para que la ciudadanía siga teniendo acceso a información verificada en una democracia que, como muestra el propio informe, sigue siendo valorada por casi ocho
de cada diez chilenos.

Allí hay materia prima suficiente para reconstruir la confianza. El estudio nos entrega los datos. Y nos toca a nosotros, los medios, darles sentido.

JOSÉ TOMÁS SANTA MARÍA CUEVAS

PRESIDENTE, ASOCIACIÓN NACIONAL DE LA PRENSA (ANP)

2_col-4.png

La baja credibilidad de los medios de comunicación que constata, por tercer año, el Informe Nacional 2026 sobre Consumo de Noticias y Evaluación del Periodismo en Chile demuestra que la crisis de confianza afecta a todos. Para los que creemos que Chile vive un trance que comenzó hace años y al que le quedan varios más, esta es una prueba más.
Vivimos una época de gran incertidumbre debido a los cambios geopolíticos y, en especial, tecnológicos. Alteraciones en las configuraciones del poder han existido en abundancia en la historia, pero la transformación tecnológica extraordinaria y veloz es lo nuevo. Me atrevo a decir que nadie está en condiciones de prever lo que ocurrirá en cinco o diez años, como nadie avizoró que los ucranianos estén hoy dando lecciones y asesorando a los mayores ejércitos del mundo occidental acerca de las tecnologías que desarrollaron en medio de la guerra.

"La principal vía para informarse son las redes sociales y yo agregaría que, mediante las
cookies, son una de las principales fuentes de la polarización. No hay nada más dañino que
recibir información que solo potencia las propias creencias, descalifica —al nivel de considerarlos
simplemente ignorantes— a los adversarios.
"

​​

Los medios de comunicación tradicionales están, entonces, insertos en un gran desafío: mantenerse y desarrollarse en un mundo cambiante y desconocido. Nunca como antes es necesario percibir el público, detectar necesidades y adecuarse rápidamente a ellas, mantener principios, tomar decisiones velozmente y explorar con conocimiento áreas nuevas, desconocidas. Se terminaron las grandes planificaciones a largo plazo y rige, en pleno, la adecuación permanente al entorno.
El Informe 2026 demuestra la enorme competencia de los medios nuevos para los tradicionales, la falta de credibilidad generalizada y las preferencias de las personas para informarse según sus creencias políticas.
La polarización del país, que está en tantas partes, aquí se manifiesta con claridad. La principal vía para informarse son las redes sociales y yo agregaría que, mediante las cookies, son una de las principales fuentes de la polarización. No hay nada más dañino que recibir información que solo potencia las propias creencias, descalifica —al nivel de considerarlos simplemente ignorantes— a los adversarios.

En el universo de los medios están los influencers y políticos, con consumos relevantes en el universo informativo. Su credibilidad es baja pero sus audiencias relevantes. Son —no todos— un grupo de personas que tienen sus propios objetivos, no necesariamente cumplen con una función informativa, ya sea por intereses económicos, personales o electorales.
Esto nada tiene que ver con el periodismo. Un dato relevante es que, si bien el 76,2% de las personas declaran informarse frecuentemente, una cifra que debería ser más alta, solo el 47,3% es un consumidor activo y el 52,7% es en promedio un consumidor pasivo, incidental. Este es un enorme desafío para los medios porque esa persona más bien indiferente, que recibe la información por osmosis, tiene una escasa capacidad para distinguir entre medios e informaciones. Está, también, el grupo que simplemente evita las noticias, porque creen que son negativas, porque los afecta emocionalmente, o que agregan problemas evitables a una vida de por sí ya difícil. Es un dato muy relevante.
Un 44% califica el desempeño del periodismo y los medios como pobre, 24,1% lo estima como regular. Ocurre que el periodismo está en crisis. Pero, me parece, no es solo un mal de este oficio, sino que del ecosistema del país. Es imposible que el periodismo se abstraiga de la mala formación en los colegios, liceos y universidades.
Hay una tendencia a mano no tan dura con el actuar propio y exigente para los demás. Basta un pequeño error, aunque sea ocasionado por un tercero pero difundido, para que el medio sea descalificado. El desafío, entonces, es muy grande.
En una sociedad polarizada los medios son esenciales, deberían ser un punto de encuentro entre
distintas visiones, un lugar donde, a partir de antecedentes incontrarrestables, se pueda conversar. La falta de credibilidad de los medios no es solo consecuencia de la polarización, de las redes sociales. Es, también, responsabilidad de ellos. Matinales con histrionismo exagerado, estudiado para impactar, lágrimas fáciles —antes se decía de cocodrilo—, departamentos de medios de comunicación que influyen en los contenidos para no dar información desagradable para las empresas que ponen publicidad (de manera que estas no contraten publicidad sino la compra de omisión o difusión de noticias), notas en informativos que parecen

"La falta de credibilidad de los medios no es solo consecuencia de la polarización, de las
redes sociales. Es, también, responsabilidad de ellos. Matinales con histrionismo exagerado,
estudiado para impactar, lágrimas fáciles — antes se decía de cocodrilo—, departamentos
de medios de comunicación que influyen en los contenidos para no dar información
desagradable para las empresas que ponen publicidad (de manera que estas no contraten
publicidad sino la compra de omisión o difusión de noticias), notas en informativos que parecen
noticias pero son pagadas sin informar a las audiencias, claros conflictos de interés de
periodistas conocidos publicitando marcas y desempeñando labores paralelas, todo esto

es parte del problema. Hay que eliminar la vieja costumbre de echar la culpa de los males
propios a terceros
"

 

​noticias pero son pagadas sin informar a las audiencias, claros conflictos de interés de periodistas conocidos publicitando marcas y desempeñando labores paralelas, todo esto es parte del problema. Hay que eliminar la vieja costumbre de echar la culpa de los males propios a terceros.
Los medios están sometidos al mayor desafío que han enfrentado en la historia. Nadie tiene asegurada su supervivencia.

TOMÁS MOSCIATTI​

DIRECTOR RADIO BÍO-BÍO

3_col-5.png

Este estudio del periodismo en Chile indica que nuestra población “alfabetizada” intuye que vivimos una revolución. No es “metáfora”. Una revolución que ha cambiado el consumo de noticias, impactando en la industria de medios de comunicación y el periodismo. Y se nutre de una crisis mucho más profunda que hoy corroe las instituciones de América, incluyendo Estados Unidos, con el desplome de la credibilidad del sistema democrático para dar respuesta a las necesidades, miedos e incertidumbres que hoy acechan a la población.
Es allí donde se inserta otra irrupción revolucionaria: la Inteligencia Artificial (IA). Y emerge una sorpresa de este estudio. Mientras que desde distintas trincheras se nos anuncia que la IA traerá el fin de la civilización como la conocemos, en Chile un 80,5% de los encuestados declara “entender cómo funciona la IA, y más de la mitad (54,3%) se siente capaz de reconocer una noticia producida por ella”.
No manifiestan temor, sí percepción de riesgo: siete de cada 10 personas creen que el uso de Inteligencia Artificial llevará a un aumento en la producción y difusión de noticias falsas. Una gran mayoría está consciente de que el problema central está en el ecosistema informativo y la IA solo lo agudizará.
Una crisis de confianza y credibilidad que afecta al periodismo en todo el mundo. El dato se mastica: solo tres de cada 10 personas manifiestan confianza en las noticias que ofrecen los medios. Y seis de cada 10 encuestados consideran a los medios “sesgados”. El 54,8% de los encuestados considera muy común encontrar contenido falso en el ecosistema informativo chileno.
Perciben un aumento de noticias falsas en los medios de comunicación y eso va directamente ligado a que un porcentaje cada vez más importante evite consumir noticias. Por eso no extraña la revolución en el ecosistema: las redes sociales siguen siendo la principal vía de acceso a noticias. Y personalidades políticas o influencers son los preferidos por las audiencias por sobre los medios tradicionales. Un dato: 51,9% de las personas encuestadas declara confiar más en los periodistas que en los medios de comunicación del país.
Quizás ese sea el punto de inflexión que trae consigo la Inteligencia Artificial. Cuando la pretendida “objetividad” e “independencia” de los medios-instituciones cae, las personas eligen a quien les da credibilidad, autenticidad, habilidad efectiva. Un cambio radical para el periodismo. Lo anterior agudiza otro efecto nefasto que ha provocado en la industria de noticias esta revolución en el ecosistema informativo. De forma acelerada, empresas tecnológicas dominantes en las plataformas digitales (Big Techs), hacen abuso de su posición para hacer más rentable su negocio, dañando seriamente la sustentabilidad de los medios. Lo más grave: las Big Techs abusan para influir sin contrapeso en procesos políticos. Apoyan sin disimulo los autoritarismos.

"[...] 51,9% de las personas encuestadas declara confiar más en los periodistas que en los
medios de comunicación del país. Quizás ese sea el punto de inflexión que trae
consigo la Inteligencia Artificial. Cuando la pretendida “objetividad” e “independencia”

de los medios-instituciones cae, las personas eligen a quien les dacredibilidad,

autenticidad, habilidad efectiva. Un cambio radical para el periodismo."

 

Un estudio de Freedom House (2023) reveló que la inteligencia artificial generativa se utilizó en al menos 16 países para crear videos, imágenes o audios con objeto de “sembrar dudas, difamar a oponentes o influir en el debate público”. En un mundo de redes sociales que “informan”, el negocio es exacerbar la ira, la banalidad. Ejércitos de trolls y fábricas de clickbait inundan redes sociales con mentiras virales que acrecientan la indignación.
La Unesco en su informe sobre tendencias mundiales en libertad de expresión y desarrollo de los medios 2022/2025 —junto con alertar sobre el mayor declive de la libertad de prensa en los últimos 15 años—, advierte que el dominio de grandes empresas tecnológicas ha generado un terreno fértil para discursos de odio, desinformación o vulneración de datos personales. El poder de la IA se ha concentrado en unas pocas corporaciones sin activar medidas de seguridad, a pesar de saber que la IA se usa para ejercer vigilancia sobre ciudadanos.
El Índice de IA de Stanford 2025 informa que la inversión privada de EE.UU. en IA alcanzó US$109.100 millones en un solo año, 12 veces más que la de China y 24 veces más que la del Reino Unido. Grafica cómo la Inteligencia Artificial se ha convertido en factor clave en la lucha por el poder global y sus narrativas.
En esa lucha está en juego “la verdad”. Falsear con uso de IA hechos relevantes de nuestra historia pasada o reciente, daña la esencia de la democracia. Porque la verdad se vuelve relativa, anula consensos e impide la justicia, crucial para un sistema que respeta derechos básicos.

Fue precisamente Henry Kissinger, creador de la máquina de mentiras y muerte que impulsó la Doctrina de Seguridad Nacional desde Estados Unidos, con su corolario de Golpes de Estado, quien alertó en 2018 sobre la IA. En The Atlantic escribió el riesgo: “la verdad deje de ser algo que los humanos puedan verificar mediante el razonamiento”.
Hace solo días, una de las ejecutivas de medios más importantes del mundo, lanzó su clamor: “En un mundo de dictadores y autócratas, de desinformación y basura generada por IA, la necesidad de un periodismo de testigos presenciales financiado y difundido por medios de comunicación establecidos es más crucial que nunca” La ex directora de BBC News, Deborah Turness, concluyó: “La proliferación de nuevas plataformas ha abierto nuevas vías para que los periodistas lleguen a los consumidores con textos y narraciones más originales, reflexivos e inteligentes que nunca. En un mundo dominado por la IA y los algoritmos abusivos, los consumidores buscan este tipo de periodismo y prefieren la conexión humana”. La Humanidad.

MÓNICA GONZÁLEZ

PRESIDENTA CIPER CHILE Y PRESIDENTA DEL
CONSEJO RECTOR DE LA FUNDACIÓN GABO (GARCÍA MARQUEZ)

3_col-6.png

“¿Usaron inteligencia artificial en esta presentación?” Mathias Döpfner, CEO de Axel Springer, una de las casas editoriales de medios más influyentes del mundo, relataba así una anécdota al exponer ante su equipo sobre el futuro de la profesión en junio de 2025. La pregunta la hizo en una reunión con equipos directivos. Döpfner contaba que la respuesta de los ejecutivos fue directa y orgullosa: no, ninguna parte de la presentación había sido hecha usando inteligencia artificial, sino solo trabajo humano.
La respuesta del CEO a esos directivos los descolocó: “Por favor, nunca vuelvan a jactarse de eso”. Y agregó: “Jamás van a tener que explicar por qué hicieron algo usando IA. Solo tendrán que explicar por qué hicieron algo sin ocupar la IA”.

"En un momento donde la inteligencia artificial generativa ha irrumpido en las actividades
más cotidianas de las personas, la prensa sigue atrapada en el debate sobre cómo y qué
ocupar; pero más aún, cómo comunicarles a las audiencias en qué se está usando la IA de una
manera que mantenga la confianza.
"

 

La respuesta, por ser disruptiva, se viralizó entre los medios que cubren debates sobre periodismo. En un momento donde la inteligencia artificial generativa ha irrumpido en las actividades más cotidianas de las personas, la prensa sigue atrapada en el debate sobre cómo y qué ocupar; pero más aún, cómo comunicarles a las audiencias en qué se está usando la IA de una manera que mantenga la confianza.
La velocidad del desafío impresiona. Si el primer cuarto de siglo de los años 2000 estuvo marcado en las redacciones por el debate sobre cómo abordar las plataformas digitales, en el caso de la IA su efecto se ha notado en apenas tres o cuatro años. En los medios hay más pestañas de ChatGPT, Gemini y Claude abiertas de lo que se reconoce, usualmente lideradas por las generaciones más jóvenes de periodistas. No es casualidad: de acuerdo al Informe Nacional 2026 de Consumo de Noticias y Evaluación del Periodismo en Chile, entre los chilenos de 18 a 29 años, el 68% declara usar IA en su día a día, frente al 28,6% de los mayores de 60.
La gran razón para no avanzar, hasta ahora, ha sido el recelo de las audiencias ante potenciales usos de IA por parte de los medios. Y los datos del Informe 2026 obligan a precisar ese diagnóstico: las audiencias chilenas no rechazan a la IA per se, sino que trazan límites según en qué parte del proceso periodístico interviene. Tres de cada cuatro personas aprueban su uso para traducir notas o producir apoyos visuales, y dos tercios para transcribir entrevistas o ayudar a verificar datos. Sin embargo, sólo un tercio confía en que la IA escriba una noticia por su cuenta, y una minoría acepta canales de noticias totalmente automatizados. La señal es clara: el público no nos está
pidiendo abstenernos, sino discriminar.

Al mismo tiempo, el aumento en la familiaridad del público con las herramientas de IA es un dato que no se debe dejar pasar: este año, un 80,5% declara entender cómo funciona la tecnología, y un 54,3% se siente capaz de reconocer una noticia producida por ella, cifras superiores a las registradas en 2025.
En redacciones que han vivido los últimos años en incertidumbre, temor ante recortes y con un cambio sustancial del modelo de negocios, es natural que se vea a la IA como amenaza. Pero la sociedad ya tomó posición: el 50,5% de los chilenos declara usar IA en su día a día. La conversación incómoda es más perentoria que nunca: ya no es si ocupar o no inteligencia artificial, sino en qué y para qué objetivo.
Esta conversación es urgente y debe ser priorizada en los medios. Mario García, referente mundial de la innovación en periodismo, decía a CNN Chile que “la revolución digital tocó la puerta de las redacciones y muchos no le abrieron, pero la inteligencia artificial pateó la puerta”. Aun así, y en base a la percepción que manifiestan las audiencias, existe una pregunta que presenta esperanza: ¿cómo ocupar la IA para hacer más y mejor periodismo? Acá existen luces: investigaciones de grandes bases de datos que antes hubieran tomado años en cruzar, interactivos y contenidos explicativos, simplificación de tareas repetitivas, y evaluar si la IA puede ser una aliada en confeccionar aquellas notas que hace un par de décadas se catalogaban como “de registro”, para dedicar tiempo y esfuerzos a la más valorada “pauta propia”.
Eso sí, esto requiere de un ejercicio reflexivo que establezca límites y horizontes claros. La fórmula de que siempre haya un humano responsable en el proceso de la elaboración de contenido de la IA aparece no solo como buena práctica, sino como obligación y sello de credibilidad. El interés creciente de las audiencias por la IA también lleva a que los medios hagamos este camino de la mano del público, explicando lo que hacemos y lo que no.

"[...] no podemos seguir mirando a la inteligencia artificial como una tecnología
ajena y usada a escondidas. El permiso social ya existe para ocupar la IA en aquello que
potencia la profesión sin sustituirla: a los periodistas nos toca ajustar nuestro prompt y
ser pioneros en la adopción y comprensión de las potencialidades, para poder ser una voz
más informada en un debate que va a marcar a la sociedad completa
"

Y, por último, la prensa debe fortalecerse para luchar contra el mayor riesgo de la inteligencia artificial: la facilidad para hacer contenido falso, en texto, audio y video, que desinforma valiéndose de una similitud pasmosa con la realidad. Esa preocupación es compartida por la ciudadanía: el 68,5% de los encuestados en el Informe 2026 cree que el uso de IA llevará a un aumento en la producción y difusión de noticias falsas.
Pero no podemos seguir mirando a la inteligencia artificial como una tecnología ajena y usada a escondidas. El permiso social ya existe para ocupar la IA en aquello que potencia la profesión sin sustituirla: a los periodistas nos toca ajustar nuestro prompt y ser pioneros en la adopción y comprensión de las potencialidades, para poder ser una voz más informada en un debate que va a marcar a la sociedad completa.

SEBASTIÁN RIVAS

DIRECTOR EDITORIAL, CNN CHILE

bottom of page